La vida es un regalo de Dios, lo que hacemos con ella es el regalo que le damos a Dios.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Que yo era mejor que yo.

Fui egoísta, según él. Quizás, también, en mi opinión.
El problema es que en el momento, se me hizo difícil de ver. El problema es que en el momento, me tapizó la mirada un velo de orgullo, ira y tristeza, que hizo las veces de excusa, y me hizo ver que todos los demás fueron crueles victimarios míos. Por supuesto, cualquier retazo de empatía quedó anestesiado por mi soberbia. Pero la visión no es otra cosa sino la percepción propia de la realidad; y la percepción propia de la realidad es algo que varía de persona en persona. Pero cada persona es diferente, y lo es cada realidad. No hay persona, y no hay realidad. Por eso, el Otro es siempre difícil de entender.
«Eso de creerme mejor que los demás, no va conmigo», me repetí tantas veces, sólo para descubrir, ahora, que ni yo misma me lo creía. Y que la “yo” que descubría esa verdad era mejor que la “yo” que, segundos atrás, la desconocía. Que, reiteradamente, crecía, maduraba y me recreaba en un acto tan sencillo como desmantelar una sutileza.

Al final, después de pecar, descubrí  que yo, era mejor que yo.

sábado, 6 de julio de 2013

Qué sepamos cómo llegar

Al los hombres les gusta hablar mal de otros hombres. ¿Por qué esta necesidad de defenderse atacando al otro? Si tan seguros estamos de lo que decimos, hacemos, creemos o sabemos, ¿qué más necesitamos?
Una cosa es denunciar la maldad o el pecado y otra cosa, muy distinta, es criticar per se a los otros para agrandarnos (como si, en algún remoto caso, alguno de nosotros fuera grande, ja).

Rezo, Señor, para que todos mis hermanos y yo logremos evadir la tentación de "darle con un caño al otro". Que podamos vivir nuestras vidas intentando mejorar lo que no nos sale, ayudando a los hermanos con amor y no soberbia a superar sus adversidades y aceptar la ayuda de los demás para sortear las nuestras.

Amén.

viernes, 5 de julio de 2013

El quiebre

El parque de diversiones "Feliciland" era el entretenimiento más aclamado del lugar. Su éxito se debía a sus atracciones, todas maravillosas y sensacionales.
Ocurrió un día que una de ellas, en la cual los participantes se tiraban desde lo alto de un pilar, colgando únicamente de una soga elástica, colapsó. La soga se rompió y quienes estaban unidos a ella se despeñaron y murieron por el impacto de la caída.
Cuando la fuerza policial realizó los peritajes del caso, descubrió que la cuerda había permanecido largo tiempo sin cambiarse, es decir, estaba resentida.
El parque de diversiones "Feliciland" era el entretenimiento más aclamado del lugar y, ese día, sus puertas se cerraron para siempre.

No sea que nuestra felicidad se tense tanto como la cuerda de la historia y llegue a romperse sin que antes podamos percibir el peligro de dejarse estar.

Valeria A. García.

domingo, 30 de junio de 2013

Altibajos

Creo que la fe, así como el amor y muchos otros aspectos de la vida humana, tiene altibajos.
El sentirnos más o menos bien, depende de qué tan mal nos hayamos sentido antes. Creo que el poder sentirse alto es consecuencia necesaria de haberse sentido bajo, previamente. Por ello, no han de perder la esperanza aquellos que se han sentido en el fondo de un pozo y han logrado (con o sin ayuda) salir de él, porque ellos ven el cielo más brillante y la claridad de la noche, que no deja de centellear.
Sigamos admirando el alto cielo y el bajo pozo, mientras transitamos por esta vida.

Valeria A. García.

domingo, 29 de enero de 2012

Imagen viva

Es increíble cuánto puede cambiar una persona, en tan pocos años de su vida; cómo puede mirar al pasado y no reconocerse; cómo puede mirar alrededor y encontrar, en los demás, piezas del rompecabezas que alguna vez fue.
Cuando uno se cruza con el otro, piensa: "yo lo sé, yo te entiendo". La identificación es el proceso; es descubrir en lo ajeno parte de lo propio. Es reconocer que los errores que cometen y cometerán, son los que uno ya cometió, y no sentirse superior (ni superado), sino igual, con diferencia de edad y/o de madurez.
La cuestión es por qué nos cuesta tanto tolerar esas equivocaciones que vemos en los demás. Una de las respuestas más probables -sino, la más probable de todas-, es que no las perdonamos en nosotros mismos; no soportamos haber sido tan inmaduros, tan estúpidos, tan ciegos, tan, tan....
Hay tiempos para todos, son distintos tiempos. Las cosas se dan, de una manera u otra, dependiendo del camino que decidamos tomar -y, a veces, eso no nos garantiza que todo salga como lo esperamos-. No estamos orgullosos de haber cometido muchos de los deslices que, sin dudas, tuvimos de más jóvenes; pero, eso no debe, de ninguna manera, proyectarse en los demás.
Si nos hubieran advertido de las consecuencias de nuestros actos, probablemente, hubiéramos hecho caso omiso al indicador, y proseguido con nuestros planes; por tanto, es de esperar, si nosotros advertimos, no seremos escuchados.
La única salida -pacífica- es el respeto hacia el otro, la tolerancia hacia sus errores y la humildad tatuada en cada mota de experiencia que adquirimos, conservamos, y volvemos a adquirir.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

La «hipocresía»


Una anciana recibía, semanalmente, la visita de su hija y de su ñieto. La familia se decía católica. La mujer y su niño, iban todos los domingos a la celebración de la Eucaristía, mientras que la abuela (que no era demasiado vieja, y podía moverse cómodamente) no lo hacía. Durante muchos años, la madre del pequeño había intentado convencerla de que se uniera a la comunidad y participara de la misa, pero la mujer siempre le había rechazado, diciendo que estaba bien cerca de Dios, rezando por su cuenta y realizando buenas acciones.

Aquella tarde, como de costumbre, su hija y su ñieto la visitaron en su casa. El muchacho estaba viendo la televisión, mientras las mujeres charlaban.

-Ayer recordé lo que me dijiste la última vez que te invité a la Iglesia.
-¿Ah, sí?, ¿qué fue? -preguntó la mayor.
-Dijiste que no sentías el ir a misa, más que como una obligación, y que no querías hacerlo para sentirte, luego, una hipócrita.
-Cierto -reafirmó.
-¿Ves a mi niño sentado, allá, en el sofá? -la abuela giró la cabeza hacia el muchacho-. Él no se divierte aquí, preferiría estar haciendo otras cosas; seguramente, venir a visitarte es una obligación para él. Pues, bien: Si él no estuviera siendo, según tú, «hipócrita» en cada visita, te aseguro que tú no tendrías a este ñieto, ni le conocerías, aunque le hablaras por teléfono.

La verdadera hipocresía está en decir "Creo en Dios...", sin creerlo, realmente, una persona cercana y a quien debemos amar con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas.

lunes, 7 de noviembre de 2011

El doble propósito


Una vez, alguien le dijo que las cosas, todas ellas, habían sido creadas con un propósito. Habían muchas cosas en el mundo, realmente, todas ellas tenían uno: las armas existían para dañar, la ropa para abrigar, las cadenas para oprimir...

Todo esto era cierto, pensó.
Esa noche, cuando fue a dormir, tuvo un sueño extraño. En él, una cadena le oprimía parte del cuerpo. Intentaba con todas sus fuerzas romperla, para poder, así, liberarse de la atadura. No lo consiguió. La cadena era irrompible, nada en el mundo podía separar sus eslabones.

El sueño estaba llegando a su fin, cuando, de pronto, escuchó retumbar una frase en su mente: "De modo que, si no es posible romper los eslabones, no se trata de una cadena.".

Despertó al otro día, y meditó mucho sobre su sueño.

Una vez, alguien le dijo que las cosas, todas ellas, habían sido creadas con un propósito. Recién ahora, comprendía un poco mejor que eso no era del todo cierto: Habían muchas cosas en el mundo, realmente, todas ellas tenían un doble propósito: Si no se usa un arma, puede evitarse un daño; si no se usa ropa, se puede morir de frío; si una cadena se rompe, libera a quien está oprimido.

Encontró, concluyendo, que el doble propósito de las cosas existe, es real y está dado por la libertad del hombre; de modo que, si no es posible romper los eslabones, no se trata de una cadena.

Anónimo.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

La raíz egoísta

Pasa cotidianamente, no notamos lo evidente, incluso, aunque lo tengamos en frente nuestro. Ésta no iba a ser la excepción, y menos conmigo.

Las personas impulsivas tenemos, entre otros, este problema: no queremos ver. Somos muy sensibles, nosotros; cuando nos enfocamos en algo o en alguien, dejamos todo de lado por eso. No sabemos serenarnos, somos pasionales, irracionales, subjetivos. Generamos una especie de "ceguera autoinducida", una suerte de barrera mental que nos ¿protege? de todo daño.
Claramente, hay, en esta clase de actitud, una falta de conscientización muy grande, enorme, colosal. No notamos cómo podemos lastimar, tanto a otras personas como a nuestra propia persona.

Tomemos por culpable al egoísmo, porque, de hecho, lo es.
Es egoísta perseguir algo o a alguien ciega e impulsivamente, porque no se piensa más que en uno mismo, en el propio bienestar. No hay amor en un acto tan posesivo, y el cariño, si lo hay, está sumamente avasallado por el deseo. Egoísmo, egoísmo por donde se lo mire.

El egoísmo es la raíz, la radícula es la soberbia. No hay pecado que exista, sobre la faz del corazón humano, que no haya sido engendrado por la soberbia.
Para el impulsivo que persigue un ideal, no hay frase que carezca de un "yo" o un "mí", expícita o implícitamente: "Yo quiero esto", "Quiero que sea para mí", "He posado mis ojos en esa persona", "¿Seré capaz de lograr que esa persona se fije en mí?" (por no dar más de cuatro ejemplos).

El corazón es un regalo, para sentir; la cabeza es un regalo, para pensar.
Es triste y peligroso vivir sin usar la cabeza; pero, ¡cuánto más triste y peligroso es usar una cabeza que piensa de cualquier manera!

Tenía tantas ganas de que todo se hiciera según mi voluntad, que obligué a mi cabeza a pensar de cualquier manera.
Siento que la única voluntad que siempre debí de haber seguido es la de Dios. Después de todo, ¿en qué otras manos voy a estar más segura que en las de Él? Me conoce, más que yo, más que nadie, y me ama; quiere lo mejor para mí y, a diferencia mía, sabe lo que es; además, conoce todo y a todos a mi alrededor.

Quiero pedir perdón por apresurarme, perdón por decepcionarte, perdón por no pensar en tus sentimientos, perdón por no aceptar.
Si me recibís otra vez, prometo intentar no cometer estos mismos errores.
Quiero aprender a amarte de verdad.
Val.

De la Madre Teresa...

Dormía y soñaba
que la vida no era más que alegría.
Me desperté y vi
que la vida no era más que servicio.
Serví y comprendí
que el servicio era alegría.
Madre Teresa.